Obra : Libros/Otros destacados/Relato
Planteadas como una serie de viñetas satíricas en prosa de periodicidad quincenal, Las bizarras desventuras del Escritor Maldito se estrenaron en Substack el 16 de mayo de 2026. Cada uno de estos capítulos autoconclusivos viene ilustrado por el autor o por artistas invitados (como Bia Pinto), que contribuyen con su talento a plasmar los escatológicos, hilarantes, descacharrantes, obscenos, nauseabundos, patéticos, políticamente incorrectos y negrísimos tumbos y locuras de nuestro antihéroe por las cloacas morales de la literatura y la sociedad española actual.

Corría el año 2025 cuando se me encendió la bombilla del Escritor maldito. Algunos años antes había tomado la decisión de dedicarme profesionalmente a la narrativa (o sea: «a ser escritor») y, con ese fin, me bunquericé en mi piso de Pamplona (piso de alquiler, se entiende) con el alto propósito de escribir una serie de obras maestras que habrían de granjearme la inmortalidad (aunque esa no fuese necesariamente la meta principal, sino el inevitable efecto colateral de la alta calidad literaria de los textos).
Claro que por aquel entonces aún era un tipo idealista con sueños de grandeza (Luke Skywalker contemplando el crepúsculo binario de Tatooine) y que no tenía la más mínima idea de lo que suponía en realidad «ser escritor». El rito de paso, claro: todos, en algún momento, acabamos transitando el camino que nos conduce del ensueño con olor a nube al barro masticado. O sea: a la cruda verdad. Así que, después de tres años y pico dejándome los ojos y las cervicales frente a la pantalla, haberme presentado a todos los concursos de relato y novela del Reino y confiar ilusamente en que todo llegaría (los dineros, las editoriales llamando a mi puerta, las entrevistas, las bookgirls..) empecé a tomar conciencia de la dura realidad del oficio y a ponderar mi (improbable) consagración literaria desde el ángulo del fracaso. Viéndome enfrentado a una realidad bastante distinta a la de mis húmedos sueños literarios (cero ingresos, cero llamadas, cero de todo), empecé a hacerme pre
Así que, después de tres años y pico dejándome los ojos y las cervicales frente a la pantalla, haberme presentado a todos los concursos de relato y novela del Reino y confiar ilusamente en que todo llegaría (los dineros, las editoriales llamando a mi puerta, las entrevistas, las bookgirls..) empecé a tomar conciencia de la dura realidad del oficio y a ponderar mi (improbable) consagración literaria desde el ángulo del fracaso. Viéndome enfrentado a una realidad bastante distinta a la de mis húmedos sueños literarios (cero ingresos, cero llamadas, cero de todo), empecé a hacerme preguntas relativas a la autoconservación («¿qué vida me espera si me sigo empecinando en lo que a todas luces se antoja un Via Crucis?»; «¿acaso no está el camino a la gloria empedrado de cadáveres?»; «¿cuántos escritores (como yo) habrán caído en el intento?») y, por supuesto, a cuestionar mi hasta entonces incuestionada genialidad. Y de esta forma, lenta e insidiosamente, se fueron configurando en mi interior el vértigo ante la posibilidad de la nada absoluta y el resquemor típico del artista incomprendido (qué malo es el ego herido).

Escritor Maldito, así en mayúscula es el temible arquetipo del artista fracasado: alcohólico cuando no directamente politoxicómano, lunático y excesivo, socialmente disfuncional y aperreado. Y así me temía yo, así me vislumbraba en un futuro aciago, y decidí que el personaje merecía su sitio en mi vida: no solo como un recordatorio vivo y alarmante del que bien podría ser algún día mi destino (el desahucio existencial de «vivir debajo de un puente») sino también como terapéutica «salida de humos». Además, tan encantador personaje me permitía dar rienda suelta a mi humor más negro y vitriólico a base de colocarlo en cuantas situaciones extremas y humillantes pudiera pergeñar. Porque, aunque lo haya perdido todo, aunque apenas le queden ganas (ni motivos) para seguir adelante, aunque la vida le haya pasado por encima y arrojado sin piedad a la cuneta, el Escritor Maldito no se rinde. No señor. Está convencido de que algún día recuperará la inspiración y ese día volverá a su vieja Remington y completará la Gran Novela Española del Siglo XXI. Pero hasta entonces, hasta entonces… «de algo habrá que vivir», ¿no?. Ese será su lema y la mejor excusa que ha encontrado para meterse en situaciones que, eufemísticamente, describiremos como «poco recomendables».
Amalgamando las figuras de cuatro grandes malditos de la literatura –Pessoa, Panero, Bukowski y Lamborghini– y añadiéndole algún deje de James Joyce (que no incluiría en la categoría de ‘malditos’ pero sí en la de dipsómanos ignominiosos) y de Frank Zappa en su aspecto gráfico (no me preguntes por qué: simplemente quedaba bien), bosquejé a nuestro antihéroe y definí su idiosincrasia elemental: 1) vive debajo de un puente junto a itinerantes compañeros de ojal que van y vienen (como todo en la vida); 2) es adicto a cualquier droga que le garantice un vuelo directo a Nunca Jamás o al País de las Maravillas; y, 3) se ve envuelto en sórdidas actividades o relacionándose con todo tipo de escoria humana. Lo que sea con tal de sacarse un puñado de euros para procurarse el sustento y… alejarse de la máquina de escribir.
Y es que, si algo le da verdadero miedo a nuestro querido Escritor Maldito no es la muerte o la enfermedad… No, no, no. Su terror es el de la página en blanco. O sea, darse cuenta en el fondo de que es un fracaso. Pero te aviso: ni se te ocurra escribir libiano en vez de liviano o sobretodo si no haces referencia a una prenda porque entonces te ganarás un enemigo de por vida. Escribir incorrectamente es faltarle al respeto a la única patria y religión que conoce: la lengua española. Puede que la degradación moral, física y espiritual del Escritor Maldito no tenga fin, pero si cabe suponer alguna razón de que siga respirando es porque está convencido de que ha sido llamado a la honra y salvaguarda de las letras españolas. Esa, podríamos decir, es su misión vitalicia.
Los tres primeros capítulos de la Primera Temporada (2026), titulados -Dentista;
