Género: Novela (ficción) | Año de creación: 2007-2027 | Número de páginas: 200

Años 90. Un grupo de coleccionistas de bandas sonoras, la Sonora Banda, descubre la existencia de un vinilo cuya siguen la pista coleccionistas de bandas sonoras, autobautizados como la Sonora Banda, En 2006 experimenté el orgasmo más intenso de mi vida. Lo fue no solo por el placer increíble, conmovedor, un temblor metafísico, sino por la imagen que lo acompañaba: una revelación, una epifanía: la imagen de un árbol cósmico brotando del Big Bang.
Solo puedo describir Un escritor que escribe una novela como una obra de ficción a medio camino entre el exorcismo y la literatura. Y tal como reflexiona mi autor en alguna parte del ‘infinito finito’ compactado en sus páginas, resulta difícil determinar su tipología con arreglo al catálogo. Tampoco es que considere importante el hecho de determinar si se trata de una novela corta o de un cuento largo, aunque bien es cierto que a la hora de sortear las fastidiosas bases de tal o cual concurso literario (tema, categoría, número de palabras, etc…) uno se ve obligado a, cómo decirlo, concretar algo que de suyo es abstracto. Pero qué le vamos a hacer. Los sistemas tienen la manía de sistematizarlo todo.


Ergo, decidí tomar la receta milleriana al pie de la letra, lo que implicaba mecanizar una amnesia voluntaria y dirigida. En aquellos momentos -apenas hace un año- acababa de tomar la imprudente decisión de lanzarme al vacío de la profesión literaria aún a sabiendas de que la gravedad existe y de que el suelo es duro (rock bottom, que dicen los yanquis) y las seis u ocho horas diarias de soledad escritural intensificaban su ausencia (a fin de cuentas, tampoco hacía tanto de aquello) El tema era lo de menos (y menos mal porque no se me ocurría tema lo suficiemente interesante): debía centrarme en diseñar un dispositivo lógico-literario que permitiera resolver la rumiación amorosa con las armas del lenguaje. Casi enseguida se me ocurrió la idea de extenuar las posibilidades narrativas de la mise en abyme o “puesta/caída en abismo”, que a lo largo del texto se intuye fácilmente como la transposición literaria de la obsesión romántica que se pretende superar. De esta manera, la idée fixe proveyó el disparador argumental y la arquitectura morfológica general (el descensus ad inferos o ‘catábasis’ del protagonista), mientras que, al tiempo, fue surgiendo el reto de plantear el texto como una aventura especulativa en la que, por vía de la sintaxis (y añadiendo una pizca de fantasía), el escritor y Un escritor acometan la tarea de doblegar el infinito. Naturalmente, lo que esta operación tan presuntuosa tiene de catarsis personal también lo tiene de divertimento creativo.


Sirva esta retórica de acompañamiento para confirmar que ni es posible reducir el infinito a ochocientas ochenta y ocho iteraciones ni olvidar a la persona desamada y recurrente. Y también para celebrarlo.
David Rodríguez Cerdán
Pamplona, 10 de diciembre de 2024


Esta edición privada y limitada de Un escritor que escribe una novela es el producto natural de un inveterado fetichismo bibliófilo que mis combadas estanterías ya no saben cómo disimular.
“Fetichismo” sería la versión eufemística de “compulsión patológica” y esta, a su vez, la variación médica de “enfermedad”, término más inteligible para cualquiera. Pero se diga como quiera decirse, el hecho es que colecciono discos, libros, películas, tebeos y figuras -en ese orden (actualizado) de preferencia- desde que a los once o doce años experimentase por primera vez el placer de “persistir en lo incompleto” (así lo define Beatriz Sarlo en su brillante conferencia a propósito de los ensayos sobre el coleccionismo de Walter Benjamin1) comprando grapas de Spider-Man, ’NAM, Groonan el Vagabundo y muchos otros. Reunir objetos que empezaron siendo tebeos y luego tebeos y discos y luego tebeos, discos y libros (y ahora todo eso y más), coleccionarlos amorosa y febrilmente desde el masoquismo que entraña la terrible y deliciosa certeza de que los huecos son irrepletables (como afirma Benjamin vía Sarlo, siempre existe la posibilidad de una nueva pieza) y, aún así, la caza incesante de rarezas y griales para no ser otro más, sino el único. Y he aquí la verdad recóndita, subterránea -tautología donde las haya- de la que germina esta fascinación objetual: partes del alma subdesarrolladas, aunque funcionales, reclaman su acabado. De momento sigo juntando objetos, por lo que sospecho que esas partes en construcción siguen coleando sus contrahechos apéndices.



Pero ya basta. Esto es irse por las ramas y no tenía intención de ponerme a trepar. Solo quería contextualizar el librito que tienes entre las manos y que espero te deleite del mismo modo que a mí me deleitaría si el hacedor hubiera sido otro. Porque un libro, siempre lo repito, es una criatura que respira, que huele, que desea ser tocada (“de vez en cuando los leo [los libros], pero sobre todo los acaricio”, Bolaño dixit a propósito de su biblioteca). Y ya no digamos un libro de segunda mano… Un libro de segunda mano tiene su mochila, sus huellas, su corazón roto. Es un (im)perfecto ser vivo.
En resumen: decidí editar este libro por puro egotismo fetichista, pero también porque considero que Un escritor que escribe una novela merece su carne. Y la merece porque la mía sufrió lo suyo en el parto y el resultado no se me antoja del todo desdeñable.
A propósito del contenido de estos apéndices, creo interesante apuntar que consiste en algunas páginas escogidas del cuaderno de notas de Un escritor que escribe una novela… o algo por el estilo. Me explico: allá por enero de 2024 aún no había tomado la decisión de fabricar mis propias libretas A5 (los ‘cuadernos negros’) para llevar a cabo el apunte y registro sistemático de los proyectos creativos que fueran surgiendo, si bien ya estaba familiarizado con el papel Fabriano ultranegro de 300g. En 2020 empecé a utilizar láminas Fabriano de 21×29,7cm. para dibujar ciertos storyboards de Ergo en tinta blanca, pero tuvieron que pasar algunos años para que acabase adoptando esta técnica (tinta y grafito blanco sobre papel ultranegro) a modo de negativo “contratextual” del clásico ‘negro sobre blanco’.
Adoro el color tanto como Yayoi Kusama o los unicornios irisados, pero reconozco que me sentí atrapado por la idea (¿capricho estético, simbólico, identitario?) de ceñirme (visual, conceptual, materialmente) al mundo blanquinegro que es el ecosistema tradicional de la palabra impresa (descartando excepciones como los libros de horas, obviamente). Desde entonces, desarrollo mis relatos, guiones y novelas siguiendo rigurosamente este proceso “fototextual”: apunto en blanco (sobre negro) y escribo en negro (sobre blanco). Dicha praxis (¿capricho estético, simbólico, identitario?) se extiende también a los dibujos que realizo (me resisto a denominarlos ilustraciones) inspiradas en aquellos y cuyo propósito no es otro que el de soltar muñeca y mantener las buenas costumbres.
David Rodríguez Cerdán
Pamplona, 11 de diciembre de 2024